Efectivamente, cualquier cosa podía suceder y D. José Luis Rodríguez Zapatero, en la noche del domingo, ha ganado unas elecciones que le proclaman como el más firme candidato para ejercer como presidente del gobierno español. Para este menester gozará con un número de escaños lo suficientemente holgado como para coger la vara de mando y marcar los designios de (esperemos que todos) los españoles. Por lo que hay motivos sobrados para felicitarle por un triunfo que, al menos en esta ocasión, el sí esperaba, pero que, sin embargo, la razón para felicitarnos a nosotros mismos no está tan clara.
Principalmente, por su incompetencia manifiestamente expresada en una negociación con ETA cuyo resultado no podía ser diferente al que ha sido y que él en su torpeza ignoraba. Demasiado para un Jefe de Gobierno. Y por su vileza también, porque para salir triunfante de su desliz, ha auspiciado el desprestigio del Partido Popular según lo acordado en el Pacto de Tinei: el que él mismo ha asegurado desconocer en otra más de sus muchas mentiras.
Lo que resulta sorprendente y que el revés del NODO no está al alcance de todos los españoles es que un político que deja una legislatura en peor situación económica que cuando llegó a ella recordando a su abuelo e ignorando a otros, no sólo haya ganado las elecciones, sino aumentado su número de votos. Con seguridad la razón está en su hábil maniobra tan sutilmente diseñada desde el inicio de su legislatura provocando el resurgir y el consecuente enfrentamiento de las dos españas, como el santo y seña de sus cuatro años de gobierno.
Desde la sombra y escondiendo la cara fraguó, no solo la división entre las víctimas del terrorismo, sino su enfrentamiento especialmente en grado. Con la memoria histórica salpimentaba la contienda más vil. Y con falsas promesas daba vida a los sectarios nacionalistas en busca de la reacción de gran parte de los españoles a los que luego trataría de fachas portando aguiluchos, aunque no fueran más que cuatro. El enfrentamiento pues estaba servido, cuyas mejores rentas las obtendría en las próximas elecciones sumando para su causa el voto más radical, presentándose como garante de la paz social entre todos. Pura ingeniería con retazos de Maquiavelo y Robespierre en su estado más perverso. Sólo le faltaba poner letra a la música celestial que adormeciera a la platea; y así lo hizo: lanzando a los cuatro vientos la mentira más infame asegurando que el que miente es el Partido Popular: para que con la de éste oculte yo la mía: la de que sin una sola prueba asegure que la guerra de Irak fue la causante del 11-M.
Lo que nos congratula a una mayoría aplastante de valencianos es ver que quienes basaron su política en la manipulación constante centrando sus ataques básicamente en una falsa corrupción (indemostrable ya en doce años), en la utilización de los muertos por un accidente de metro (práctica que se han visto obligados a abandonar esperemos para siempre), en las zancadillas y freno constante al avance económico de nuestra Comunidad, en el olvido de nuestras necesidades y en los ataques a la personalidad de una región que ellos llaman País Valenciano, son cada vez más olvidados por los que sintiéndose también españoles acuden libres a las urnas sin ningún tipo de complejo, dueños y señores de su mejor voluntad.
Lo que demuestra la ojeriza y el desprecio que siente la por ahora Ministra, la ínclita Narbona, contra la Comunidad Valenciana queda bien patente en su nefasta fijación. Manifiesta tan impresentable dama, que la justificación de la derogación del trasvase del Ebro viene dada por el resultado electoral en Aragón y en Cataluña ignorando el obtenido en las Comunidades de Valencia y Murcia, víctimas permanentes de la insolidaria Ministra. Actitud ésta paralela a quienes prefieren arrojar el agua al mar antes que darle el uso que demanda la sociedad valenciana.
Llegada la hora de esta mi ya centenaria Espardeñá, toca su final, que como todos los juegos, también éste se acaba. Nos queda el recuerdo del Perol que, si de barro, se ha mantenido firme cada semana, sólo roto en el final de cada cucaña: tal y como le corresponde, “Espardeñás y Perol trencat”.
“La historia no es cosa de los hombres, sino de los vientos que soplan”.
Manuel Pimentel.